Una vez escribí tres veces “yo”
en el mismo párrafo. Y juro que había leído y releído cada frase antes de darle a enviar. Sin embargo, no fui consciente de la repetición hasta que ya era demasiado tarde. Estaba muy aturdida aquellos días. Era esa clase de aturdimiento que provocan el desamor y la abundancia de lágrimas. La cuestión es que todas mis
palabras, las que sobraban y las que faltaban, fueron lanzadas al espacio interestelar hasta su destinatario... una semana después seguía sin respuesta.
Necesitaba caminar sobre todas
las cosas. Y eso hice. Caminé. Cada día un poco más. Así durante semanas. Algunas veces llegaba, incluso, hasta ese punto de la ciudad donde sólo hay desguaces y chatarra. Luego regresaba a casa. Exhausta.
Por el camino me fijaba en las hormigas que corrían frenéticas a sus hormigueros. Sentía envidia de ellas. Mi único objetivo era aniquilar cualquier pensamiento. Sin embargo, la cabeza era más rápida que los pies y pensaba sin parar. La redundancia del pronombre se colaba absurdamente en mis tribulaciones, me reprochaba aquel descuido gramatical casi con el mismo pesar que sufría la ruptura. "Tres veces yo" ¿¡cómo es posible!? Hasta que, un buen día, me distancié tanto del punto de partida que me perdí. Entonces vi al hombre del camello y comprendí que había llegado demasiado lejos. A algún lugar remoto y exótico. Me quedé tan perpleja que olvidé todo lo demás. El frenazo de mi cerebro debió oírse por todo el desierto.



