Soy un asesino a sueldo. No importa cómo he llegado a serlo, la cuestión es que mato por dinero. Hay una parte excitante en este trabajo mío. También hay una parte muy sutil, porque no soy un asesino cualquiera. Estudio cada caso concienzudamente, y lo tengo todo atado y bien atado. No me gustan las chapuzas. Como la mayoría de los asesinos a sueldo, soy un ser solitario.
Pero no siempre fue así.
No siempre estuve solo.
Hoy me encuentro aquí, en una ciudad cualquiera horas antes de asesinar a un hombre del que poco sé. Puede que esta vez no salga bien, puede que sea la última, ésa posibilidad viene siempre conmigo. Y antes de salir al lugar de los hechos, tengo por costumbre escribir esta carta. Las mismas palabras en cada ocasión. Una especie
de letanía que me hace sentir seguro y de la que ya no puedo prescindir. Ahora la doblaré, la guardaré en el bolsillo de mi abrigo y, cuando
vuelva de realizar el trabajo, la romperé en muchos pedazos que luego
quemaré. Cumpliendo, una vez más, con mi ritual del crimen.

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