Empecé un curso de cocina y lo abandoné al tercer día. Luego vino el de
terapias alternativas donde no pude evitar dormirme a los diez minutos. Asistí a clases de Zumba, pero ir de un lado para otro al ritmo de “mueve tu
colita mamita” me resultaba tedioso también. Incluso a lecciones de canto, me apunté. Cantar siempre fue la ilusión de mi vida, sin
embargo, tampoco allí conseguí experimentar la más mínima motivación. Entonces empecé a preocuparme. "Esto no es normal", pensé.
Cansada y aburrida de todo, decidí ir al médico que me tomó la tensión y me mandó unos análisis, "por si se trata de la carencia de alguna vitamina", me dijo. Pero todo estaba bien. Un día, mi mejor amigo
me comentó que tenía un compañero que tenía una prima que conocía a
alguien que había ido a una especie de chaman que le había solucionado un problema similar al mío.
Y fui.
Tomé las gotas que me mandó con rigor y con fe, justo como él me aconsejó.
Y, ¡zas!, dicho y hecho.
Semanas después, cuando terminé el tratamiento, volví a por más, pero nadie me abrió la puerta. Fue el vecino de enfrente quien me informó de lo ocurrido: detenido por estafar y atentar contra la salud pública. "¿Cómo puede ser?", pensé, "¿Y ahora qué hago yo?".
Documentos gráficos tomados de Google Imágenes.
Y fui.
Tomé las gotas que me mandó con rigor y con fe, justo como él me aconsejó.
Y, ¡zas!, dicho y hecho.
Semanas después, cuando terminé el tratamiento, volví a por más, pero nadie me abrió la puerta. Fue el vecino de enfrente quien me informó de lo ocurrido: detenido por estafar y atentar contra la salud pública. "¿Cómo puede ser?", pensé, "¿Y ahora qué hago yo?".
Documentos gráficos tomados de Google Imágenes.


