miércoles, 16 de julio de 2014

SOBRESALTO ESTIVAL

El asfalto ardía aquella tarde de agosto.
                                                                             
                                                                           
Era uno de esos días que salen en los informativos por haber alcanzado la temperatura máxima del verano. Era una de esas horas en las que es mejor quedarse a resguardo, y no sólo por el calor. Hay algo en las tardes de verano que invita a las almas sin rumbo a vagar por la ciudad. Las calles desiertas se convierten en un marco irresistible para colgados y exhibicionistas. Eso es algo que sabe todo el mundo. Yo también lo sé, pero mi coche decidió no arrancar ese día y tuve que volver a casa en metro.

                                                                        
Nadie más que yo se bajó en mi estación. Subí al exterior y me encontré con una calle tan vacía que evocaba cualquier apocalipsis cinematográfico. Nadie por aquí nadie por allá, yo sola en el universo. Un termómetro gigante decía que eran las 16:10 h. y, acto seguido, mostraba los 47 grados que me estaban esperando sin clemencia. La inquietud se apoderó de mí y arranqué a caminar tan deprisa como pude. "En cinco minutos estaré en casa" pensé, y apreté la marcha todavía más. De vez en cuando, miraba hacia atrás para asegurarme de que ningún ser hostil aparecía de repente. La sordidez del calor extremo y la desconfianza aceleraban mis pasos y mis latidos también, pum, pum, pum. "Ya queda menos", me decía para animarme. Mis sentidos, recelosos y alerta, inspeccionaban cada ángulo. Nadie por aquí nadie por allá. "Tres calles más y llego, ¡qué bien!". Entonces, como si de algo casi inevitable se tratara, noté una mano que me rozaba la nalga. Mi corazón pegó un vuelco al mismo tiempo que la garganta soltaba un grito de pánico. Me volví asustada y temblorosa, esperando encontrar el rostro despiadado de mi agresor y dispuesta a echar a correr sin descanso. Pero, sorpresa, allí no había absolutamente nadie. Tan sólo un chucho esquelético que dormitaba bajo un árbol y que, sobresaltado por mi alarido, se fue aullando cabizbajo.
                                                                                                                      
                                                                                                     
No salía de mi asombro. El corazón seguía latiéndome a toda velocidad hasta que, de pronto, caí en la cuenta de que la mano que me había tocado no era otra que la mía. Como lo oyen, mi propia mano había descendido hasta allí para colocar la ropa interior en su sitio. Un acto reflejo que, yo, presa del estrés acumulado durante el maratón, y absorta en mis miedos, no fui consciente de haber realizado hasta algunos segundos después. Un desdoblamiento entre mente y cuerpo que me convirtió en mi principal enemiga.

¡Me asusté de mi propia mano! ¿Podía haber algo más delirante?
                                                                                
                                                                                       
Volví a mirar hacia atrás, esta vez para comprobar que no había testigos. Lo absurdo de la situación me provocó una risa nerviosa cada vez más incontrolable. La calle seguía desierta y yo me reía sin poder parar. Y así fue como me convertí en una colgada. De ésas que vagan por las calles desiertas en las tardes de verano.


Documentos gráficos tomados de Google Imágenes y Extrasístole.