domingo, 9 de noviembre de 2014

ERROR DE CÁLCULO

¿QUIERE USTED CONSEGUIR LA INMORTALIDAD? NOSOTROS SE LA REGALAMOS. Eso decía el anuncio del periódico dominical, y sólo dos seres solitarios como nosotros harían caso a una propuesta tan descabellada. No nos conocíamos de nada, pero nuestros destinos se unieron eternamente a partir de ese momento. Prometían la inmortalidad, y no mentían; nos la regalaron, ya lo creo que nos la regalaron. Sin embargo, nadie nos explicó la segunda parte. Porque esto que ven, este invento cruel nos ha condenado a no separarnos jamás. Y de tanta proximidad hemos terminado por enamorarnos. Nos amamos sin habernos besado siquiera. De tanta proximidad, tampoco podemos evitar odiarnos. Algunas veces nos gritamos NO TE SOPORTO. Otras, TE QUIERO. 

Mírennos bien, porque somos el eje que mueve el mundo. La tierra no rota así como así, somos nosotros los encargados de hacerla girar. Seis días es muy poco tiempo para un proyecto tan ambicioso. Aquello fue una chapuza, y nosotros lo estamos pagando. Seis días y al séptimo descasó ¿pero a quién se le ocurre? ¿qué clase de creador es ése? Cuando se dio cuenta de su error, cuando reparó en que el engranaje no era perfecto y que un día se pararía en seco, ya era demasiado tarde. Ya llevaba siglos funcionando.  
                                                                                                                                                         
                                                                                                             
Él nos volvió inmortales, incansables, eternamente jóvenes. Nos puso a dar vueltas y más vueltas antes de que su invento se fuera al traste. Nos robó nuestras vidas para que todos ustedes sigan disfrutando de las suyas. Pudo sucederle a otros, pero nos sucedió a nosotros. Y de la misma manera que esta fuerza centrífuga no nos permite parar ni un solo instante, nuestra mente tampoco deja de pensar en cómo hacerlo. Pensamos tanto que algún día lo conseguiremos. Y cuando eso pase, cuando todos salgamos despedidos hacia el espacio exterior a toda velocidad, quizás, justo en ese momento, tengamos una oportunidad muy remota para poder abrazarnos y besarnos por fin. 

Mírennos bien, somos el eje que mueve la tierra y estamos deseando frenar de una vez por todas. De hecho no pensamos en otra cosa. Tenemos todo el tiempo del mundo para intentarlo. 
                                                                                                                                       
  

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miércoles, 16 de julio de 2014

SOBRESALTO ESTIVAL

El asfalto ardía aquella tarde de agosto.
                                                                             
                                                                           
Era uno de esos días que salen en los informativos por haber alcanzado la temperatura máxima del verano. Era una de esas horas en las que es mejor quedarse a resguardo, y no sólo por el calor. Hay algo en las tardes de verano que invita a las almas sin rumbo a vagar por la ciudad. Las calles desiertas se convierten en un marco irresistible para colgados y exhibicionistas. Eso es algo que sabe todo el mundo. Yo también lo sé, pero mi coche decidió no arrancar ese día y tuve que volver a casa en metro.

                                                                        
Nadie más que yo se bajó en mi estación. Subí al exterior y me encontré con una calle tan vacía que evocaba cualquier apocalipsis cinematográfico. Nadie por aquí nadie por allá, yo sola en el universo. Un termómetro gigante decía que eran las 16:10 h. y, acto seguido, mostraba los 47 grados que me estaban esperando sin clemencia. La inquietud se apoderó de mí y arranqué a caminar tan deprisa como pude. "En cinco minutos estaré en casa" pensé, y apreté la marcha todavía más. De vez en cuando, miraba hacia atrás para asegurarme de que ningún ser hostil aparecía de repente. La sordidez del calor extremo y la desconfianza aceleraban mis pasos y mis latidos también, pum, pum, pum. "Ya queda menos", me decía para animarme. Mis sentidos, recelosos y alerta, inspeccionaban cada ángulo. Nadie por aquí nadie por allá. "Tres calles más y llego, ¡qué bien!". Entonces, como si de algo casi inevitable se tratara, noté una mano que me rozaba la nalga. Mi corazón pegó un vuelco al mismo tiempo que la garganta soltaba un grito de pánico. Me volví asustada y temblorosa, esperando encontrar el rostro despiadado de mi agresor y dispuesta a echar a correr sin descanso. Pero, sorpresa, allí no había absolutamente nadie. Tan sólo un chucho esquelético que dormitaba bajo un árbol y que, sobresaltado por mi alarido, se fue aullando cabizbajo.
                                                                                                                      
                                                                                                     
No salía de mi asombro. El corazón seguía latiéndome a toda velocidad hasta que, de pronto, caí en la cuenta de que la mano que me había tocado no era otra que la mía. Como lo oyen, mi propia mano había descendido hasta allí para colocar la ropa interior en su sitio. Un acto reflejo que, yo, presa del estrés acumulado durante el maratón, y absorta en mis miedos, no fui consciente de haber realizado hasta algunos segundos después. Un desdoblamiento entre mente y cuerpo que me convirtió en mi principal enemiga.

¡Me asusté de mi propia mano! ¿Podía haber algo más delirante?
                                                                                
                                                                                       
Volví a mirar hacia atrás, esta vez para comprobar que no había testigos. Lo absurdo de la situación me provocó una risa nerviosa cada vez más incontrolable. La calle seguía desierta y yo me reía sin poder parar. Y así fue como me convertí en una colgada. De ésas que vagan por las calles desiertas en las tardes de verano.


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lunes, 16 de junio de 2014

EN LAS ANTÍPODAS

Si fueron las circunstancias las que se aliaron en su contra, o si fue ella que se acomodó a su propia rutina, poco importa ya. La cuestión es que no cumplió la promesa que se hizo el primer día cuando, siendo aún muy joven, llegó a la fábrica. 
                                                                
- Será algo temporal, no me pasará como a todas las demás. - Se dijo a sí misma convencida. Porque, como todas las demás, ella también había soñado con un futuro prometedor bien lejos de allí.

Pero el tiempo pasó, y siguió encadenada a la cinta transportadora. Un año; y el siguiente; y el siguiente también... viendo pasar millones de bolas de chocolate que, una a una y sin excepción, fueron amargando cada minuto de su vida.

Hasta que una tarde, poco antes de que sonara el timbre que anunciaba el fin de la jornada, algo sonó también en su interior. Un clic prácticamente imperceptible pero muy muy poderoso.

- ¡ACABA CON ELLAS! - Le gritaba una voz.
- ¡QUE NO QUEDE NI UNA! - Le aconsejaba otra.                                                                                                                                              
                                                                                
Y ella obedeció esas órdenes con más entrega que nunca.
Y por fin se fue bien lejos; a las antípodas del futuro prometedor que una vez imaginó. 


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martes, 13 de mayo de 2014

EL GORRO DE LANA


Llevo unos cuantos días aquí y mi único objetivo es verte pasar. Tengo que estar muy atenta porque sueles ir muy deprisa y casi no me da tiempo. Me encanta cuando te paras a coger alguna cosa del mueble. Hay veces, incluso, que te quedas mirándome un rato; ése es el mejor momento porque puedo observarte a mis anchas. Llevas el pelo largo y más oscuro. Al principio me costó darme cuenta de quién eras, pero poco a poco lo he ido descubriendo. La verdad es que es muy raro verse así... pero ahora que me he acostumbrado me divierto mucho más aquí fuera que a oscuras como estaba antes. No quiero volver a la caja de lata.                                                                            

Me gusta mucho tu ropa, sobre todo el vestido verde de flores que te pusiste el otro día. Yo, sin embargo, tengo que llevar siempre lo mismo. Y lo peor es este gorro de lana. ¡Cómo lo odio! Seguro que te acuerdas. Pica demasiado para que lo hayas olvidado. 
                                                                                                                         



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viernes, 11 de abril de 2014

MISERIA INTERIOR

Matías alberga dentro de sí lo más tóxico del ser humano. En su personalidad confluyen todas esas cualidades oscuras que el individuo es capaz de desarrollar.  Podríamos decir, sin miedo a exagerar, que es un muestrario de vilezas. Porque Matías odia a casi toda la gente que le rodea: a los que son más listos, a los que son más guapos; a los que son más ingeniosos; a los que triunfan en sociedad…  
Y lo hace en silencio y con la mirada oblicua.
                                                                               
                                                                      
También es un gran despreciador, su arrogancia emerge tan pronto tiene delante a alguien a quien considera inferior a él; es decir, a todos a los que no odia. La debilidad del otro le hace fuerte. Entonces su mirada cambia; se vuelve desdeñosa y altiva. Es muy feliz en ese momento. Se trata, en definitiva, de un ser detestable. Una vez yo le hice frente, le dije que quién se había creído que era.
                                                                                                                                                  
                                                                                                               
Juro que no lo entiendo. 
No puedo entender por qué me desprecia cuando debería odiarme.  
                                                                                                                                                      
                                                                                                
Está claro que soy mucho mejor que él. 


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martes, 11 de marzo de 2014

DOCTOR ENTUSIASMO

Empecé un curso de cocina y lo abandoné al tercer día. Luego vino el de terapias alternativas donde no pude evitar dormirme a los diez minutos. Asistí a clases de Zumba, pero ir de un lado para otro al ritmo de “mueve tu colita mamita” me resultaba tedioso también. Incluso a lecciones de canto, me apunté. Cantar siempre fue la ilusión de mi vida, sin embargo, tampoco allí conseguí experimentar la más mínima motivación. Entonces empecé a preocuparme. "Esto no es normal", pensé. 
                               
                                                       
Cansada y aburrida de todo, decidí ir al médico que me tomó la tensión y me mandó unos análisis, "por si se trata de la carencia de alguna vitamina", me dijo. Pero todo estaba bien. Un día, mi mejor amigo me comentó que tenía un compañero que tenía una prima que conocía a alguien que había ido a una especie de chaman que le había solucionado un problema similar al mío.
Y fui.

                                                                         
Tomé las gotas que me mandó con rigor y con fe, justo como él me aconsejó.
Y, ¡zas!, dicho y hecho.
                                                          
                                               
Semanas después, cuando terminé el tratamiento, volví a por más, pero nadie me abrió la puerta. Fue el vecino de enfrente quien me informó de lo ocurrido: detenido por estafar y atentar contra la salud pública. "¿Cómo puede ser?", pensé, "¿Y ahora qué hago yo?".

              
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domingo, 9 de febrero de 2014

SAGA

El pequeño Lu fue instruido bajo los preceptos más tradicionales y distinguidos de su cultura.
                                           
                                                                                           
Perteneciente a una saga musical centenaria, el niño heredó las habilidades de sus predecesores y creció escuchando todo tipo de composiciones clásicas. Tanto japonesas como europeas.
                                                                                       
                                                                                 
Durante muchos años, los padres de Lu fueron los concertistas más importantes del país. Toda su vida giraba en torno a la música e inevitablemente este hecho marcó el destino de su hijo.                                                                                                                                              
                                                                         
Lu era el diminutivo de Ludwig. Le llamaron así en honor al compositor que más admiraban. Pensaron que, con ese nombre, parte de la inspiración del maestro vienés llegaría hasta el niño. Pensaron que, quizás, su hijo se convertiría en un genio de la música clásica capaz de aunar lo mejor de Oriente y Occidente...  
                                                                                             

... y, efectivamente, se convirtió en un auténtico virtuoso que componía y tocaba sus propias obras. Lo que los padres de Lu no podían imaginar es que, cada día, cuando dejaban a su hijo en clase de shamisen, lo que en realidad hacía el chico era correr hasta el local de la calle de al lado. Y allí...
                                                                                                                             

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miércoles, 15 de enero de 2014

LOS JOHNSON, UNA HISTORIA AMERICANA

    Zacarías Johnson era un hombre más bien pusilánime. Tenía un trabajo en la compañía ferroviaria que apenas le permitía pagar el cuchitril donde vivía con su esposa. Pero, un día, el señor Johnson descubrió que tenía un don muy especial y sus vidas cambiaron para siempre...

    ... mientras la pareja almorzaba, a Zacarías se le cayó el tenedor. Un incidente insignificante de no haber sido porque, al intentar cogerlo, el utensilio se desplazó desde el suelo hasta sus manos sin que nadie lo tocara.

    A partir de ese momento, el señor Johnson practicó y practicó con todo tipo de objetos hasta que, finalmente, lo intentó con su dulce esposa. Pero la telequinesia de Zacarías no funcionaba con Rosaline.

    Liliana vivía en el segundo piso. Todos los hombres se volvían para contemplarla. Todos, menos Zacarías. Era demasiado tímido. Sin embargo, una tarde se armó de valor y llamó a su puerta. Algo le decía que con ella sí funcionaría. Liliana no entendió muy bien aquella propuesta de su vecino. "Tú sólo tienes que quedarte muy quieta", dijo él. Luego le ofreció una cantidad de dinero suficientemente tentadora y ella aceptó con una sonrisa.

    Y, como intuía el señor Johnson, funcionó.                                                                                                                                                          
                                                                   
    Empezaron con exhibiciones pequeñas. El boca a boca no se hizo esperar y, en menos de un año, el show "Los Johnson" se convirtió en el evento más reclamado del país. Liliana ondeaba como una pluma bajo las manos de Zacarías, y el público miraba estupefacto. Rosaline, relegada a un segundo plano, hacía sus labores de ayudante tan discretamente que nadie reparaba en ella. 

  Durante un tiempo, Rosaline fingió no ver lo evidente ni escuchar los rumores. Sin embargo, su corazón y su orgullo se fueron rompiendo cada día un poco más. Eclipsada dentro y fuera del escenario, decidió poner punto final a aquella situación.

   Entonces llegó el gran día. Por fin actuarían en el programa estrella de la televisión. Sin duda, allí alcanzarían la gloria y la fama definitivas.

                                                                     
     Fue en el momento álgido, ante miles de miradas expectantes, cuando la ayudante del mago sacó un revolver tan discreto como ella y el show de los Jonhson terminó de repente. 

                                                                                                                                                                    Documentos gráficos tomados de Google Imágenes.